Séptimo Días de las Fiestas Patronales
Silencio: Séptimo Días de las Fiestas Patronales

No cabe dudas que durante los primeros 6 días hemos estado alegres por las Fiestas Patronales. Pero a partir de esta celebración, en este séptimo día, estuvimos rebosantes de felicidad con los jóvenes que recibieron el  sacramento de la Confirmación, el cual constituye el conjunto de los "sacramentos de la iniciación cristiana".

En esta eucaristía el sacerdote invitado fue Mons. Mons. Rafael L. Felipe Núñez, quien siempre nos ha honrado con su visita. Durante esta celebración, cargada de una alta espiritualidad, tanto del celebrante como todos los feligreses. Nos dijo que La Confirmación es “nuestro Pentecostés personal”

"Los recuerdos son importantes; Las fotos son importantes, pero todo eso es secundario" inició Mons. Rafael L. Felipe Núñez, su homilía.  El sacramento de la Confirmación los une más íntimamente a la Iglesia y los enriquece con una fortaleza especial del Espíritu Santo.

En su homilía, Mons. Fello, como cariñosamente le llamamos, explicó que en la Confirmación es necesario recibir al Espíritu Santo en recogimiento y oración. Definió la Confirmación como un solo acto con tres momentos.

Primer momento:  Imposición de las manos.  Según la tradición apostólica, el Espíritu se comunica a través de la imposición de las manos. Les recordó a las Madridas y Padrinos que ellos también son testigos del Sacramento. Igual que el Obispo infunde los dones del Espíritu Santo, así mismo los padrinos y madrinas imponen sus manos y le transmiten el Espíritu Santo a los confirmados.

“Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran al Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían al Espíritu Santo”. (Hech. 8, 15-17;19, 5-6).

Segundo momento: la oración.  Los apóstoles estaban reunidos con María en el Cenáculo y perseveraban en la oración. Estaban esperando, con ansias, al Espíritu Santo prometido.(Hech 2, 1-11).  El día de Pentecostés – cuando se funda la Iglesia – descendió el Espíritu Santo sobre ellos –quedaron transformados - y a partir de ese momento entendieron todo lo que había sucedido, dejaron de tener miedo, se lanzaron a predicar y a bautizar.

Tercer momento: El Signo de la cruz en la frente con la crisma. La unción del aceite perfumado o crisma, que indica cómo el Espíritu entra hasta lo más profundo de nosotros, embelleciéndonos con tantos carismas. De este modo, el sacramento se confiere con la unción del santo crisma en la frente y pronunciando estas palabras: «Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo». Es una señal visible del don invisible. Un carácter indeleble que nos configura más plenamente con Jesús y nos da la gracia para difundir por el mundo el buen olor de Cristo.

Según la tradición apostólica, el Espíritu se comunica a través de la imposición de las manos.

"En este sacramento se fortalece y se completa la obra del Bautismo. Por este sacramento, el bautizado se fortalece con el don del Espíritu Santo. Se logra un arraigo más profundo a la filiación divina, se une más íntimamente con la Iglesia, fortaleciéndose para ser testigo de Jesucristo, de palabra y obra."

La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza.

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