REFLEXIONES del sábado 9
FAMILIA CUNA DE VOCACIÓN

La familia cristiana es el primer seminario, o semillero, para todas las demás vocaciones. 

Hoy en día se echa de menos a padres de verdad, no meros progenitores biológicos, que sepan ayudar a crecer y madurar a sus hijos no a través de un serie de premios y castigos, no sólo a través de la compra y la privación de consolas de videojuegos según rindan en la escuela o estudios, sino quienes acompañen y guíen, en serio, hacia la madurez a unos hijos que necesitan tanto de su cariño como de sus palabras sabias, y gestos oportunos, de primeros educadores y referentes prácticos, testigos fiables, coherentes, de creencias y valores.

En el tema de la familia, la autoridad radica siempre en los padres, ya que al transmitir la vida al hijo, adquieren el compromiso de educarles. La autoridad es la fuerza que sirve para sostener y hacer crecer a cada hijo en su proceso de formación para que desarrolle todas sus potencialidades. Sólo habrá verdadera autoridad cuando se ejerza con disposición de servir.

La autoridad es un derecho que compromete, pues los hijos ejercerán de manera más plena su libertad en la medida en que los padres asuman la responsabilidad de ejercer la autoridad. 

El ejercicio de la autoridad de los padres debe encaminarse no al control de los hijos, sino a la formación de todas sus facultades para que cada uno sea capaz de ejercer su libertad en orden al amor. Al educarlos en la libertad, los hijos irán aprendiendo a tomar sus propias decisiones, a comprometerse y a responsabilizarse de sus actos. Una de las tareas más grandes de la familia es formar personas libres y responsables. 

La participación de los hijos es indispensable en la formación de la libertad. Esto supone que los hijos opinen, decidan y colaboren. Cuando una persona acepta participar, se responsabiliza y sabe que se compromete a ser consecuente con su opinión, a realizar lo decidido y a poner esfuerzo en el logro de una tarea común. Para que esto sea realmente efectivo los padres deben orientar la participación, propiciando la iniciativa, pero a la vez coordinando y enfocando las decisiones y acciones hacia el bien de los hijos.

Si hoy ejercemos nuestra autoridad de manera eficaz como un servicio motivado por el amor que les tenemos a nuestros hijos, ellos alcanzarán la madurez y su libertad estará orientada al amor, a la verdad y al bien, lo que les dará la posibilidad de realizarse como personas y de influir positivamente en su entorno. Hoy más que nunca, el mundo necesita personas que vivan la auténtica libertad, y para lograrlo nuestros hijos requieren de nuestra autoridad.

Por eso es necesario que la familia tenga conciencia de su propio ser eclesial y pueda así prestar este servicio particular a la Comunidad. Desde el Concilio, la familia es presentada bajo este aspecto comunitario de "Iglesia doméstica". Es el lugar de la presencia de Cristo, espacio de oración, lugar de evangelización y transmisión de la fe. No es, pues, simplemente el espacio de los afectos privados, sino también el ámbito donde se conectan las raíces de la identidad de cada persona: la pertenencia a la intimidad de los afectos familiares, más cercanos y estrechos, y la pertenencia a la Iglesia y al mundo. Por eso está llamada a ser un "lugar pedagógico vocacional". El amor entre los miembros de la familia, como comunidad de amor, salta los límites del hogar para hacerse fraterno y universal, integrándose en la comunidad de los hijos de Dios, convocados por el Padre en una comunidad de vida para realizar el Reino de Dios. Donde existe esta dinámica de fraternidad y solidaridad familiar es fácil escuchar la invitación al seguimiento de Jesús en un servicio específico a la Comunidad eclesial; es posible superar las barreras del individualismo y dar espacio a la escucha y al desarrollo de un "proyecto de vida" que considere como posible la vocación religiosa o sacerdotal.

Dios llama a cada uno a la vida; una llamada que contiene un proyecto concreto de Dios para cada uno. La nueva vida recibida en el bautismo implica también una llamada con un concreto proyecto de Dios para cada uno en la Iglesia y en el mundo. La vocación es el pensamiento providente de Dios sobre cada uno; es su idea-proyecto, es como un sueño que está en el corazón de Dios, porque nos ama vivamente. La vocación es la propuesta divina a realizarse según esta imagen; y la llamada es única, singular e irrepetible. Quien la descubre y acoge encuentra el tesoro de su vida, el camino para ser feliz. En la llamada de Dios encuentra cada uno su nombre y su identidad, que afirma y pone a seguro su libertad, su originalidad y su felicidad.

Es tarea de los padres, los primeros educadores de sus hijos, ayudarles a descubrir y  acoger con libertad y generosidad el don de su propia vocación. Nos cuesta mucho dejar que Dios entre en nuestros planes respecto de los hijos, dejar que se planteen su vida desde Dios para seguir sus caminos.

La familia cristiana, si es respetuosa y agradecida con el don Dios y con el bien de los hijos, ayudará a sus hijos a descubrir su proyecto de vida, único e irrepetible, según el plan de Dios. Este es el mejor servicio que pueden prestar a sus hijos, a su desarrollo, a su propia identidad, a su libertad y a su felicidad.

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